21 de January del 2021

Edad, sociedad y futuro en un mundo maduro

Se cuenta que un sociólogo que llevaba a cabo una encuesta epidemiológica en un pequeño pueblo, le preguntó a un señor de aspecto culto que caminaba pensativo por la calle: "¿Cuál cree usted que es la tasa de mortalidad en esta zona?"
Después de reflexionar unos segundos, el hombre exclamó con seguridad: "Un muerto por persona". Es verdad que por cada nacimiento hay una muerte. Y seguramente esta correlación no cambiará mientras la milenaria fuerza de selección natural siga eligiendo genes que prefieren una existencia intensa y prolífica a una existencia interminable. Lo que sí ha cambiado espectacularmente en menos de un siglo es la esperanza de vida, los años que quedan por vivir a los humanos a partir de un momento dado y las condiciones materiales y sociales que contribuyen a hacer la vida más gratificante. En consecuencia, nunca se ha vivido tanto, de forma tan saludable y democráticamente como ahora.
 
Edad y capacidad

Ante esta realidad, resulta alarmante que en países avanzados todavía se imponen leyes que incapacitan automáticamente a hombres y mujeres mayores de 65 ó 70 años para ejercer alguna función ejecutiva o académica, o realizar algún trabajo administrativo o manual, sin considerar en absoluto su capacidad o aptitud para llevar a cabo la labor en cuestión. Tal es el caso de una normativa española que prohíbe a los mayores de 70 años ser consejeros de ciertas instituciones financieras.
En varios años de trabajo en el campo de la psiquiatría y la salud pública neoyorquinas, el psiquiatra español Luis Rojas Marcos sostiene que ha aprendido dos lecciones. La primera es que para disfrutar de una vida completa con significado, y evitar que la edad se convierta en una caricatura del pasado, se deben mantener constantemente activas las habilidades del cuerpo y las facultades del alma. O, como escribió hace tres décadas Simone de Beauvoir, "dedicarnos a personas, grupos, proyectos o causas; sumergirnos en el trabajo social, político, intelectual o artístico; desear pasiones intensas que nos impidan cerrarnos en nosotros mismos".
 
Una y otra
 
La segunda lección es que resulta muy difícil aplicar la primera sin antes vencer el desconocimiento, los prejuicios y los estereotipos adversos que sobre la edad existen tanto en la sociedad como dentro de cada ser humano.
La exclusión del mundo laboral de personas simplemente por su edad ignora la realidad biológica, psicológica y social de la población. No tiene en cuenta el hecho de que como resultado de los avances de la medicina, del mejoramiento de la nutrición y la vivienda, del auge de la educación y del natural perfeccionamiento progresivo de los genes humanos, en muchas naciones, cumplir 100 años en buen estado de salud ya no se considera noticia ni una gracia excepcional de la naturaleza o la divinidad. Precisamente, la longevidad -que en el caso de los españoles en la actualidad alcanza casi los 80 años de promedio- se encuentra entre las cinco más dilatadas del planeta.
 
Vida y muerte

La combinación de una alta esperanza de vida con el bajo índice de natalidad es la causa de que cada día los habitantes del mundo sean de mayor edad. En España, el 17% de la población -unos 7 millones de personas- tiene más de 65 años, y la proporción de españoles que superan los 85 años aumenta a mayor velocidad que todos los demás grupos.
Legislaciones que marginan a personas por la fecha de su nacimiento también olvidan que en los países de Occidente, el 80% de la población mayor de 70 años goza de buenas condiciones físicas y mentales, y lleva una vida activa y autosuficiente. Es de sobra sabido que hoy en día se padecen menos enfermedades crónicas, como tensión alta, artritis o enfisema. Quizá la excepción sean ciertas dolencias cerebrales tardías, como la demencia de Alzheimer, que ahora se diagnostican con mayor facilidad. Con todo, no más del 18% de las personas entre 80 y 100 años las sufren. Además, los adelantos en genética e inmunología, y el descubrimiento de la capacidad reproductiva de las neuronas en adultos, dan esperanza a la posibilidad de encontrar un día, no muy lejano, la forma de prevenir o curar estos males debilitantes tan temidos.
 
La experiencia

Un elemento peligroso de estas leyes es que implícitamente desestiman la acumulación de experiencia, madurez, prudencia y ecuanimidad que se sedimenta en las personas con los años. En contraste con las grandes civilizaciones que han celebrado el saber de sus mayores, las sociedades que sancionan la edad equiparan erróneamente el paso del tiempo con el deterioro de las cualidades y calidades humanas más valiosas. De cierta manera, alimentan las connotaciones negativas y despiadadas del proceso natural de envejecimiento tan abundantes en la cultura occidental, como "lo viejo es feo, no sirve; se tira".
Los preceptos que relegan a los mayores a la inactividad laboral son retrógrados, van contra  la corriente moderna. Se pasan por alto el consenso que existe entre los expertos de que la prolongación saludable de la vida ofrece la oportunidad de transformar la jubilación de una imposición legal en una opción personal. Desde el punto de vista psicológico, el retiro forzoso a menudo es contraproducente. Provoca sentimientos de ansiedad, de tristeza y de rechazo, sobre todo en quienes el empleo representó una fuente de gratificación personal y reconocimiento social.
 
Motivos centrales
 
No pocos hombres y mujeres afirman que su ocupación no es sólo el medio para conseguir el sustento cotidiano, sino además una actividad que añade ilusión, incentivo y peso a sus vidas. La extensión voluntaria de los años laborales es algo que, aparte de tener sentido psicológico, proporciona beneficios económicos a la sociedad, al frenar el gasto en pensiones, como demuestran informes recientes de Naciones Unidas y de la Organización para el Desarrollo y la Cooperación Económica.
Para Rojas, el aspecto más nefasto de este tipo de preceptos que discriminan a las personas por su edad es que, en el fondo, no se diferencian mucho de aquellos estatutos injustos y crueles que segregan a individuos por su raza, por su sexo o por sus creencias religiosas. Su claro significado de menosprecio hacia un colectivo humano concreto no tarda en convertirse en un mensaje desesperanzador para todos, envenena la convivencia y sirve para justificar actitudes intolerantes, excluyentes y mezquinas hacia nuestros compañeros de vida por 'diferentes', explicó.
A estas alturas del siglo XXI, una vida larga, saludable y productiva ya no es el privilegio de unos pocos, sino el destino de la mayoría. El desafío es aceptar, con firmeza y convicción plenas, la dignidad de todas las etapas de la vida humana. En especial, aquellas etapas que todavía están marcadas por el estigma deshumanizante de la edad.