7 de September del 2018

El juego del anonimato en el periodismo y en EEUU

El periodismo, a diferencia de lo que ocurre en las cada vez más protagonistas redes sociales, practica una política definida por el nombre propio.
Las columnas de opinión llevan la firma de su autor, y esa autoría explícita abre la posibilidad de consensuar, discrepar, refutar y conversar con alguien que existe, que expone y que se expone y que no es un fantasma oculto en el anonimato.
El juego de la conversación pública, sin embargo, se volvió asimétrico, porque los comentaristas de los artículos –en muchos paises- suelen ampararse en seudónimos y mayormente no contribuyen con información al debate sino con diatribas o sinsentidos diversos.
El caso de la carta del alto funcionario de la Casa Blanca que publicó The New York Times desafía el criterio de la autoría abierta de los diarios. Es un caso singular y de complejidad global porque quien habita esa casa, Donald Trump, es el hombre más poderoso del mundo y porque, según el texto publicado, no estaría en sus cabales.
 
Firma y veracidad
 
Las fuentes anónimas son lícitas y los periodistas recurren a ellas. Los artículos de opinión pueden componerse con informaciones de fuentes diversas y no explícitas, pero quien opina debe firmarlo. Se suscribe con la firma lo que se sostiene con las palabras. Pero aquí tambien debe tenerse en cuenta la seguridad personal de quien lo escribe. 
The New York Times tomó la decisión de publicar del principio al fin esa declaración de un alto funcionario de la Administración Trump que se manifiesta resistiendo activamente algo así como una insanía presidencial. “Trabajo para el presidente pero como otros colegas he prometido boicotear sus peores inclinaciones”, dice la declaración sin nombre, que añade una descripción terrible: “La raíz del problema es la amoralidad del presidente”. Es una acusación feroz y probablemente cierta, pero a la vez cuestionable en las formas.
Semejante dictamen no es garantizado por la validación que otorga el nombre propio del acusador. Todo ocurre de frente a las elecciones de medio término, donde los Demócratas ven una esperanza y una oportunidad y los Republicanos, según se desprende del artículo, permanecen confundidos y erráticos y, algunos de ellos, enfrentados con su propio presidente.
El funcionario que redactó el texto existe y en The New York Times saben quién es. Es una opinión que es anónima por ahora. Es una anonimia parcial, aunque es total hasta el momento para la opinión pública.
El manifiesto tiene una altísima densidad informativa, propia de quien está muy al tanto de lo que ocurre en el Salón Oval; descifra una conspiración abierta dentro de la Casa Blanca.
El hecho genera preguntas mínimas: ¿Puede un diario evitar difundir semejante informe? ¿No sería irresponsable si, al contrario, no la hubiese difundido? La respuesta es clara, pero las duds también.
Paradojalmente, lo que legitima el valor de ese texto es justamente su anonimia: revela una resistencia silente pero activa, los conspiradores se protegen encubriendo sus nombres pero difundiendo lo que hacen y la "cocina" de cómo se hace. El procedimiento es tan antiguo como la política. ¿De que otro modo podrían seguir conspirando sino publicitando sus posiciones y escondiéndose a la vez?
La gran cuestión desde el punto de vista de la ética de los medios es dilucidar si The New York Times se dejó utilizar por ellos, cimentando una coproducción de la traición.
Esa es una mirada. Otra, es verlo a la inversa, y considerar que el diario traicionaría a sus lectores eludiendo la publicación de esa columna, que por anónima refleja su origen: el círculo íntimo de los propios hombres del presidente.