7 de September del 2018

El peso de la calle a la hora de contar historias

El pueblo se llama San Estanislao, pero como no había pavimento sino arena se lo denominó “El Arenal”. Alberto Salcedo Ramos (54) creció allí, en el Caribe colombiano, en una casita en la que no había un solo libro. Para leer, había que salir; las historias estaban en la calle. Las narraban los vendedores ambulantes, peones o campesinos, que podían pasarse horas charlando. Con los años, Salcedo Ramos entendería que esas conversaciones conformarían sus primeros libros. Una especie de libros que no había leído, sino escuchado. Más tarde, a esa base, le sumaría la lectura. El resultado es un cronista que obtuvo el Premio Internacional de Periodismo Rey de España, el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar (cinco veces), el Premio a la Excelencia de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) (dos veces) y el Premio de Periodismo Ortega y Gasset, entre otros. Además es Maestro de la FNPI (Fundación Nuevo Periodismo Indoamericano), y sus textos fueron traducidos al inglés, al francés y al alemán.
 
¿Cuánto le debe a la “calle” en su formación como periodista y escritor?
 
Siempre me ha gustado interactuar con la calle, incluso desde antes de ser periodista. Allí uno puede medirle el pulso a la realidad. En las calles uno palpa las cicatrices de los países y conoce los imaginarios de las sociedades. Desde muy niño agucé el oído para oír esas voces. En este punto tengo como referente a Joseph Mitchell, extraordinario escritor de no ficción que solía buscar en la calle las historias que contaba en The New Yorker. Truman Capote también habló de eso. Desde pequeño frecuentaba lugares públicos para oír hablar a la gente y disfrutar con el descubrimiento de que podía memorizar largas conversaciones. Yo nací en Barranquilla pero fui criado en un pueblo que en aquella época era bastante atrasado. En ese pueblo la vida fluía en las calles. Allí había chismes, bailes públicos, amoríos. Cuando abría la ventana de mi casa para contemplar lo que pasaba afuera era como si viera una película.
 
¿Qué disfruta más: reportear o escribir?
 
El trabajo de campo es placer total, porque conozco historias que me maravillan, oigo voces que me enseñan mucho sobre la condición humana. Al oír esas voces aprendo sobre mí mismo. En esta faceta me siento un privilegiado porque converso con seres que no todo el mundo puede ver. Siempre disfruté esa sensación de felicidad que me produce el pescar una historia aquí para luego contarla más allá. El cronista es como un pájaro que anda por ahí esparciendo semillas. La escritura, en cambio, es tortuosa: hay que encerrarse entre cuatro paredes, escribir algo que por lo general debe ser borrado después, avanzar y descubrir que todo va mal, devolverse hasta el principio, sentir el vacío de no saber si estás arando en tierra mala. Yo sufro mucho en esta fase. Es un estado que Dorothy Parker definió muy bien cuando dijo aquella frase maravillosa: ‘odio escribir, pero amo haber escrito’.
 
Usted suele comentar que los periodistas, en general, se la pasan en el escritorio y en las redes sociales, desistiendo de salir a la calle...
 
El periodismo de calidad siempre ha sido costoso, pero antes había dinero para financiarlo, aunque algunos no necesariamente lo hicieran. Por eso abogo por un periodismo en el que uno, como reportero, sin ponerse a esperar nada de ningún medio, sea capaz de dar un paso al frente y decir: aquí estoy yo para defender el tipo de periodismo que me gusta.
 
Usted es uno de los cronistas más reconocidos en su país. ¿Puede vivir de escribir crónicas?
 
No creo que alguien pueda vivir exclusivamente de hacer crónicas. Yo siento la necesidad de trabajar en otras cosas, así que hago con un gran amigo un programa radial de música, dicto talleres de periodismo, escribo una columna. Encima tengo mi proyecto de publicar ciertos libros. Podría tener motivos para quejarme como lo hacen muchos en este oficio, que se ha puesto más difícil debido a la crisis económica.
 
¿Y cómo se hace para dedicarle tanto tiempo a un libro cuando, a la vez, debe hacer otros trabajos para llegar a fin de mes?
 
Este tipo de preguntas es complicada porque, en el peor de los casos, uno queda como dando la idea de que el oficio consiste en administrar pobrezas. Si no, entonces podría pensarse que uno se las da de héroe por enfrentarse a ciertas adversidades. Todo el mundo, independientemente de la profesión que ejerza, tiene problemas, y estos no van a desaparecer por andar quejándose. Ser periodista o escritor implica ciertas renuncias. En un decálogo del escritor húngaro Stephen Vizinczey figura este mandamiento: ‘no tendrás costumbres caras’. Para defender los libros que queremos escribir hay que tener una vida sin excesos, y estar dispuesto a sacrificarse. No apunto a que el libro se vuelva cine para ganar más dinero. Yo sólo pretendo algo más sencillo y al mismo tiempo más importante: escribir las historias que me apasionan. Todo lo demás es incierto.
 
¿Cómo ve a futuro la transformación del periodismo en papel?
 
No sé qué pasará. Pero siempre habrá quien cuente historias, quien lleve noticias, quien haga denuncias. Sin eso no podríamos vivir.