9 de November del 2016

Populismo, también en EEUU

Todo es posible en este milenio que empezó con el horror de las torres gemelas en Nueva York, siguió con el terrorismo islámico en diferentes versiones, sufrió duras crisis económicas (primero en el Cono Sur latinoamericano, luego en Europa y Estados Unidos), conoció terremotos y desastres naturales, liderazgos extraños, populistas de todo tipo, nacionalismos a ultranza, inmigraciones masivas y corrupción a escalas asombrosas.
La lista de calamidades y sorpresas no cesa. Y como si eso no fuera suficiente, apareció Donald Trump. Este inesperado candidato norteamericano a la presidencia, que se presenta en sus actos con un gorro rojo calzado sobre su peculiar peinado, que denuesta contra los extranjeros y promete hacer que Estados Unidos sea grande otra vez, hizo creer que sería fácil destronarlo, dado su absurdo estilo.
Sin embargo, se impuso ante todos sus adversarios del Partido Republicano. Demostró que lo inesperado e imprevisible podía concretarse. Lo lógico y sensato, dejó de serlo. Cuando en los años ochenta alguien llegaba a Nueva York por primera vez, traía una lista de lugares a visitar: la Estatua de la Libertad, el Empire State Building, Central Park, Times Square. Y además incluía la célebre y dorada Trump Tower, en plena Quinta Avenida.
 
Jopo distintivo
 
Así empezó a hacerse conocido este excéntrico millonario que manejaba con astucia los negocios inmobilarios y peinaba un extraño jopo rubio sobre su frente. Con el tiempo se encargó de ir añadiendo episodios para que su figura se volviera icónica. Nieto de alemanes y de madre escocesa, nació en Nueva York donde comenzó a amasar su fortuna. Tiene setenta años, tres matrimonios y estudió administración de empresas en la Universidad de Pennsylvania. Conoció bancarrotas y de ellas se recuperó. Sus grandes torres y sus emprendimientos inmobilarios se pueden ver no solo en Nueva York sino también en Los Ángeles, Las Vegas y otras ciudades norteamericanas. También en Dubai, Panamá, Brasil, el Caribe e incluso en Uruguay, donde construye una lujosa torre en Punta del Este. Tiene un equipo de fútbol norteamericano en Nueva Jersey, patrocina combates de boxeo y posee campos de golf. Un outsider que disfruta de la celebridad La fama siempre le gustó a Trump y la cultivó en un reality show que produjo con la cbs. Su primera temporada fue en 2004 y se llamó El aprendiz. Los competidores debían demostrar sus habilidades empresariales; el que ganaba, se llevaba 250.000 dólares y un contrato para trabajar en alguna de las empresas de Trump. El conductor, con un estilo inigualable, era el propio Trump, que disfrutaba hacer ese papel y la popularidad que le daba. Los que perdían en cada capítulo eran eliminados al grito de «Estás despedido» (You are fired!), que Trump emitía con deleite.
 
Cambio de carril
 
La primera noche tuvo una audiencia de 20 millones de televidentes y el último programa de la primera temporada fue visto por 28 millones de personas. Lo dejó en 2014 cuando ya preveía que podía ser precandidato. Tanta popularidad mediática con la que Trump se sintió cómodo, le mereció una estrella en el paseo de la fama en Los Ángeles. Estaba a la par de los grandes cineastas. Para muchos observadores, fue ese regodeo con la fama lo que le decidió presentarse como precandidato a la presidencia. Según Mark Danner, en un artículo publicado en The New York Review of Books («The Magic of Donald Trump», mayo de 2016), Trump se lanzó cuando vio que las encuestas le daban un número suficiente. Al principio solo quería ser un candidato de protesta, no para marcar un punto de vista fuerte y disidente (como suelen hacerlo los candidatos testimoniales), sino para reforzar su celebridad, entendida en el moderno sentido de alguien que es famoso por el solo hecho de ser famoso. La particular historia de Trump hace que muchos lo califiquen de un recién llegado a la política, un advenedizo, un outsider. Lo es en más de un sentido.
 
Sangre republicana
 
Nunca hizo política. Se formó y creció como empresario. A los medios llegó como productor y conductor de un programa de entretenimiento. Eso sí, aunque no fue un cuadro militante del Partido Republicano, hizo públicas sus adhesiones a Ronald Reagan y a Mitt Romney, que en la elección pasada compitió contra Barack Obama. Si bien Trump es un outsider (y por eso la dirigencia republicana lo resistió durante las primarias), su prédica no es ajena a la del partido y eso explica que tantos seguidores lo reconozcan como su líder. No lo ven como alguien de afuera. Al contrario, lo consideran el más claro exponente de una forma de pensar que en estas dos décadas tomó fuerza dentro del Partido Republicano. Es un discurso duro, radical, intransigente, que fue opacando a aquellos otros políticos que representaban, dentro de su partido, la tradicional visión de un conservador clásico. Así, en los noventa emergió Newt Gingrich frente a un más moderado Bob Dole. A Gingrich le siguió un elenco intransigente que integró el gobierno de George W. Bush y fundamentó la necesidad de ir a la guerra contra Irak, pese a que no hubo pruebas de que dicho país tuviera armas de destrucción masiva. También validó el uso de métodos que en cualquier lugar del mundo hubieran sido catalogados de tortura.
 
Moderados "out"
 
Por el camino quedaron moderados como el general Colin Powell. Contra Obama compitió un conservador racional como John McCain, pero eligió como compañera de fórmula a Sara Palin, que representaba el ala dura. Y poco después surgió un sector intransigente aglutinado en el llamado Tea Party. Los viejos líderes eran conservadores consistentes y coherentes, respetuosos de las reglas de juego, que creían que los dos grandes partidos eran los pilares sobre los cuales funcionaba la democracia de su país. Competían sí, pero podían dialogar. Eran firmes opositores pero sabían que el sentido común obligaba a negociar y ceder. Respetaban las instituciones, incluso la de la presidencia, aun cuando esta no estuviera ocupada por uno de los suyos. Hoy se fortaleció una derecha radical, por momentos antisistema e incluso dispuesta a boicotear en forma pública la política exterior del presidente. El Partido Republicano comenzó a cobijar en su seno a los sectores de siempre junto con corrientes extremas, y así conviven en tensión conservadores tradicionales, liberales clásicos (libertarians en la jerga norteamericana), corrientes proteccionistas y ultranacionalistas, moralistas y grupos cristianos fundamentalistas que pretenden que la interpretación literal de la Biblia (en especial del Antiguo Testamento) sea la ley a aplicar en un país que desde su nacimiento separó a Iglesia de Estado. Este fenómeno fue estudiado en un sólido y recomendable libro, The Right Nation: conservative power in America, escrito en 2004 por John Micklethwait y Adrian Wooldridge, en ese momento editores de la revista británica The Economist. El título hace un pícaro juego de palabras: puede leerse como la nación de derecha o como la nación correcta.
 
Golpe de efecto
 
Por outsider que sea, Trump logró sintetizar esa visión con una retórica efectista, simple y convincente, no muy diferente a la de sus contricantes en la primaria. Ciertamente Ted Cruz, su empecinado rival, no fue más moderado. Careció, sí, del carisma de Trump. «Se nos ha dicho una y otra vez que es el más improbable candidato en décadas, quizás en la historia», dice Danner en su nota del Review of Books. Sin embargo, dice, las encuestas lo muestran como un fuerte y sostenido competidor desde el comienzo. Por tratarse de una megaestrella de la televisión, sus debates con los otros candidatos republicanos tuvieron una gran audiencia que solo quería verlo a él, no a los otros. Seduce con la simplicidad de su mensaje y su estilo. Todo es elemental. Pero funciona. A la gente le gusta verlo llegar en su helicóptero con su gorro rojo que lleva la leyenda «Make America great again». La cortina musical de sus actos fue tomada de la banda sonora de una popular película de acción de hace casi veinte años, Air Force One, donde Harrison Ford hacía el papel de un presidente norteamericano que al grito de «lárgate de mi avión» (get off my plane) resistía el intento de secuestro de un grupo terrorista en pleno vuelo del avión presidencial. Su celebridad lo benefició incluso para ahorrar dinero. Hasta ahora gastó bastante menos en publicidad que Hillary Clinton. Esto, que fue una ventaja en la primaria, puede no serlo en la elección definitiva. Gracias a esa inmensa popularidad, dice Danner, no es él quien sale a buscar la televisión, sino la televisión que recurre a él. Cada aparición suya garantiza grandes audiencias. Las emisoras se desesperan por entrevistarlo. Son los canales quienes lo buscan, y no al revés. Ellos ganan porque en esos momentos su rating sube. Como resultado, Trump no necesita gastar en publicidad. Sus críticos dicen que solo habla de sí mismo. Lo cual sería un aspecto negativo para cualquier otro candidato.
 
Autosuficiencia
 
A Trump, en cambio, no solo lo ayuda sino que desarma a sus adversarios. «Su narcisismo», dice Danner, hace que se vea a sí mismo como «el mejor, el más brillante, el más exitoso». Solo él puede resolver cada problema sin que necesite explicar cómo lo hará. Le basta enfatizar que él es quien sabe. La gente le cree y no pide explicaciones. Algunos de sus seguidores quieren atenuar sus aristas más agresivas. Argumentan que Trump es un oportunista que expresa su forma de pensar según cada cirunstancia. Pero en el fondo, dicen, es un pragmático que actuará con realismo llegado el momento. De ese modo buscan instaurar la idea de que, una vez presidente, no será tan extremista. Al revisar prensa vieja (un buen archivo nunca miente), Danner sacó a flote dos cartas abiertas publicadas en diarios norteamericanos en 1987 y en 1989, donde ya opinaba como lo hace ahora. Descubre así que la visión de Trump ha sido consistente y sostenida en el tiempo, cosa impropia de un oportunista. En esas cartas decía que Estados Unidos no debía gastar más dinero en guerras (como la del Golfo) donde no estaban en juego los intereses petroleros norteamericanos sino los de otros países, como Japón, que podían arreglarse por sí mismos sin la ayuda norteamericana. También pedía restaurar la pena de muerte a nivel nacional y decía que el Gobierno estaba para proteger a los buenos norteamericanos de los villanos, tal como ahora entiende que debe defenderlos de los mexicanos violadores que cruzan la frontera de modo ilegal. Proponía entonces, y propone ahora, restaurar una idea de grandeza nacional con soluciones simples, toscas, autocráticas y populistas («si no fascistas», añade Danner). Por eso, es difícil creer que una vez en el Gobierno se ajuste a una realidad más compleja. No lo hicieron los Gobiernos populistas en ningún otro lugar, ni en ninguna época. ¿Quienes lo votaron (y lo votarían)?
 
¿Quién le pone freno?
 
Trump expresa a un país temeroso y refleja la desazón de un sector específico de la población. El analista Michael Tomasky en un ensayo («Can he be stopped?») publicado en abril de este año también en The New York Review of Books, sostiene que el éxito de Trump se explica por el vínculo (usa la palabra bond) que mucha gente blanca, republicana y que se siente desposeída frente a otros norteamericanos, genera con el candidato. La relación parece tan sólida que resultaría imposible alterarla. Durante las internas, cada ataque que recibió Trump lo subió en las encuestas. Por eso advierte Danner que la clase política sigue rehusando tercamente a tomarse en serio la posibilidad de una presidencia de Trump. Parte de esa llegada se vincula al desencanto generado tras la crisis y el colapso de Wall Street en 2008. Desencanto que se expresó contra financistas de la bolsa, banqueros y empresarios pero también contra los políticos. Es un enojo que no llega al extremo del famoso que se vayan todos, como ocurrió en Argentina en 2001, pero se le parece mucho. Lo curioso es que esto ocurre mientas gobierna un presidente elegido dos veces y que sigue siendo una figura querida. Tal vez, al igual que en Argentina, en Estados Unidos exista lo que se ha dado en llamar «la grieta». Que el tradicional corte entre republicanos y demócratas se haya transformado en una división más profunda e irreconciliable.
 
La inmigración
 
Obama fue la voz de la parte del país que está en cambio y aprendió a confundirse con nuevas corrientes inmigratorias y a convivir con idiosincrasias distintas. Por eso le choca la intransigencia republicana ante la inmigración, o la brutalidad tosca y belicosa con que lo expresa Trump. En las grandes y medianas ciudades la mezcla se ve en las calles y hasta el cine lo refleja: hispanos con blancos, blancos con negros, negros con asiáticos. Se ve a la mujer ocupando iguales cargos y responsabildiades que el hombre. Y cada vez menos gente se hace drama por convivir con gays. « comunicación y campañas » 150 Diálogo Político 2|2016 La propia historia de Obama representa ese enorme cambio procesado en estas décadas. Su padre era un africano de Kenia que había ido a estudiar a Estados Unidos. Su madre era una universitaria blanca. Cuando la pareja se separó, su madre se casó con un indonesio y se mudó al Asia. Por lo tanto Obama tuvo un padrastro y luego una media hermana asiática y de niño vivió en un contexto cultural diferente al norteamericano. Regresó a Hawai y fue criado por sus abuelos, blancos. Esa mezcla de culturas, origenes y etnias empieza a caracterizar a una parte de Estados Unidos. No es casualidad que el Partido Demó- crata haya sido el primero en proponer (y poner) a un presidente negro y ahora sea el primero en proponer a una candidata mujer.
 
Ellos, los otros
 
La otra parte del país sigue inmersa en sus tradiciones, lejos de la vorágine cosmopolita, aferrada a formas de vida que ahora parecen amenazadas. A esa gente representa Trump. Un camionero en Cincinnati, cubierto de tatuajes y con voz firme, le dijo a un reportero de nbc News que «ellos tuvieron su candidato por ocho años». Preguntado quienes eran «ellos», aclaró que se refería a los votantes negros y que ahora era el turno de los otros. Por simple cálculo aritmético, Obama nunca hubiera ganado solo con votos negros. Necesitó de mucha otra gente. Pero el razonamiento del entrevistado expresa la existencia de esas dos naciones. Es la parte desilusionada con la forma en que se conducen las cosas y entiende que todo lo malo (el terrorismo fundamentalista, la inmigración ilegal, los refugiados) fueron provocadas por un presidente negro, tal vez musulmán y que no nació en territorio norteamericano. El propio Trump alentó de modo deliberado las teorías conspirativas contra Obama, al igual que otros líderes republicanos. Pese a la existencia de pruebas en contrario, insisten en que Obama nació en Africa y por lo tanto ocupa en forma ilícita su cargo. Obama no es musulmán y sí nació en Estados Unidos, pero las teorías conspirativas prenden fácil en un tipo de electorado norteamericano que se siente frustrado por otras causas. Trump sabe exacerbar prejuicios arraigados. Arremete contra Mé- xico y no tiene empacho en decir que un juez federal actúa con sesgo solo por tener ancestros mexicanos. Distorsiona cifras respecto a la migración de musulmanes y liga todo, con argumentos tramposos, a los atentados del 11 de setiembre. Insiste en estas cuestiones porque le dan rédito.
 
Ser rico, un valor
 
Que sea rico no es un problema para sus votantes. Por serlo, justamente, muchos dicen que «no puede ser comprado». Lo votan blancos con un bajo nivel educativo que entienden que sus salarios están depreciados. Viven en las zonas rurales o en los pueblos del centro de Trump: también a Estados Unidos llegan los populistas, Tomás Linn Diálogo Político 2|2016 151 CC Estados Unidos. Van a los actos con sus vaqueros gastados, sus camisas a cuadros, a veces con las mangas cortadas, y sus sombreros de ala ancha. Son rústicos, parecen personajes de película y se sienten identificados con la retórica de Trump. También encuentra apoyo en el pequeño comerciante urbano, el que tiene un local, un kiosco, un almacén de barrio. Y en las mujeres que trabajan duro en las zonas más postergadas. Se trata de la gente que está «luchando contra la adversidad económica». Trump refleja el hartazgo ante un estilo de hacer política alejado de esa gente que no necesita explicaciones complicadas ni quiere saber de la sutileza que exige la politica, porque cree que con ella nada se logró. Una seguidora de Trump, citada por nbc News, dice que «los extranjeros ilegales consiguen atención médica gratis y nosotros pagamos por el intérprete». De hecho no es así. Planes sociales como el Medicare no se aplican a inmigrantes indocumentados. Pero estos sectores están convencidos de que los extranjeros son los beneficados por tales planes, nunca ellos. El enojo y la frustración son sentimientos legítimos que deben canalizarse en el libre juego democrático. Pero cuando emerge el resentimiento y un primitivo deseo de tomarse revancha, lo político se contamina.
 
Liderazgos peligrosos
 
Es ahí cuando la saludable complejidad de las instituciones cede ante un simplismo tosco e intolerante. La gente siente que «el sistema fracasó» y por lo tanto cree lícito tomar atajos y ampararse en la protección de liderazgos mesiánicos que resuelvan, e incluso manden, a puro carisma. Algo de esto se vio en la última década en América Latina. No está solo en el mundo América Latina conoce bien cómo funcionan estos liderazgos sorpresivos y sobre ello escribí en La Nación de Buenos Aires en mayo pasado. Durante una década larga el votante dio su generoso apoyo a gobernantes que dicen similares disparates a los de Trump y gobernaron tal como lo haría Trump si ganara. Hugo Chávez y Nicolás Maduro demostraron que la demagogia puede llegar hasta el infinito. Con similar estilo al de Trump, destratan a sus rivales sin contemplación. También Cristina Fernández de «La otra parte del país sigue inmersa en sus tradiciones, lejos de la vorágine cosmopolita, aferrada a formas de vida que ahora parecen amenazadas. A esa gente representa Trump » « comunicación y campañas » 152 Diálogo Político 2|2016 Kirchner atacó a sus adversios y despreció a sus allegados. Al igual que Trump creen que su manera de ver la realidad es la verdadera. Se consideran infalibles y los que no están con ellos, son antipatriotas. Así como ocurrió en Argentina, Venezuela o Ecuador, también Trump siente placer en denigrar a los periodistas inquisitivos. Los populismos demagógicos no tienen signo ideológico. Son un fenómeno en sí mismos. La pregunta sigue siendo ¿cómo se evita que ganen, crezcan y perduren? Mientras haya tantos votantes que prefieran la versión simplificada y hasta belicosa de hacer política, no habrá modo de detenerlos.
 
Valores políticos
 
Es muy difícil, ante tanta simplificación, contraponer una lógica de sensatez y cordura. Más difícil aún es hacer valer la sutileza y sofisticación propias de la política hecha en serio. Esto no solo se ve en America Latina. Se insinúan fenómenos parecidos en Europa Oriental. O en Francia, con el fortalecimiento de Marine Le Pen. O en España con Pablo Iglesias y Podemos. Como sucede con Chávez y Cristina, procesos considerados de izquierda pueden perfectamente compararse con el de Trump. Lo que los caracteriza no es su presunta ideología, sino la liviandad con que se comportan, la irresponsabilidad de sus declaraciones, el desprecio con que descalifican a los que piensan diferente. En el Reino Unido también emergieron figuras de ese estilo. Solo que luego de sacudir la realidad política del país con el Brexit, no se animaron a hacerse cargo de ella, como ocurrió con el conservador Boris Johnson, un populista irreverente que dio un paso al costado luego de armar el lío. La vieja teoría del excepcionalismo norteamericano de Seymour Martin Lipset, que sostenía que ciertos fenómenos políticos comunes en el resto del mundo no arraigaban en Estados Unidos, parece tener ahora su propia excepción. Si se los ve emerger en Europa, si Argentina, Ecuador y Venezuela pudieron tener este tipo de líderes populistas, ¿por qué no habría de ocurrir en Estados Unidos con Trump? Su controvertida visión en política exterior Trump desprecia a los inmigrantes y, en consecuencia, desprecia a los países de donde estos vienen. Lo de México es un ejemplo elocuente. Podrá decirse que exagera y simplifica y que una vez en el Gobierno no actuará con tanto fundamentalismo. Sin embargo, los más calificados expertos republicanos en política exterior no están convencidos y toman distancia.
 
Simplismo y preconceptos
 
 Trump cree que la mayoría de los mexicanos son «criminales» y «violadores». Por eso quiere acentuar su proteccionismo frente a México aplicando un 35% de tarifas aduaneras a los productos que vengan de ese país. Con tal medida pasará por alto un asentado libre acuerdo comercial entre ambos países (que incluye a Canadá) como el nafta. Pretende además hacer un muro que haga infranqueable el paso de un país a otro y quiere que la cuenta la pague México. La idea fascina a sus seguidores, que ni por un instante se les ocurre que ello es ridículo. ¿Por qué habría de pagar México esa obra y cómo podría cobrársela Estados Unidos? Tales propuestas no le hicieron gracia al exdirector de asuntos latinoamericanos del Departamento de Estado durante la presidencia de George W. Bush. Según el periodista Andrés Oppenheimer, en su columna sindicada de mediados de junio, Roger Noriega insistió en que no apoyará a Trump. Oppenheimer describe a Noriega como «un reconocido conservador de línea dura que ha ejercido cargos en todas las administraciones republicanas desde la de Ronald Reagan». Noriega será de línea dura, pero no es tonto cuando en forma tajante aclara: «México no es solamente nuestro segundo socio comercial más importante, sino que además es nuestra primera línea de defensa contra el narcotráfico, el terrorismo y la inmigración ilegal». Para el experto, lo de Trump va más allá de la retórica electoral: «cualquiera que tenga un televisor sabe que él no escucha consejos de los que saben. Él solo quiere aduladores. Va a terminar con gente muy inexperta». No es el único especialista republicano en política exterior que piensa así.
 
Republicanos advierten
 
Oppeheimer recuerda que en marzo de este año 121 exfuncionarios de anteriores administraciones republicanas firmaron una carta de advertencia sobre los peligros de la posible presidencia de Trump para la seguridad nacional de su país. Pueblos y gobernantes latinoamericanos han manifestado una histórica simpatía hacia los demócratas. Sin embargo, fueron los republicanos quienes se mostraron más interesados en sus relaciones con el continente. Hubo excepciones, es verdad. Reagan tuvo una criticada intervención en los conflictos de América Central en los años ochenta. Por otro lado, Jimmy Carter será siempre recordado por su frontal política contra las violaciones de derechos humanos cuando imperaban las dictaduras militares. Pero por lo general prevaleció la indiferencia, «Trump desprecia a los inmigrantes y, en consecuencia, desprecia a los países de donde estos vienen. Lo de México es un ejemplo elocuente » « comunicación y campañas » 154 Diálogo Político 2|2016 si no un abierto olvido, cuando gobernaron los demócratas y hubo más cuidado en tiempos republicanos. Basta ver un ejemplo: cuatro presidentes norteamericanos visitaron Uruguay en los últimos 65 años y uno solo fue demócrata (Lyndon Johnson), que no viajó para una visita de contacto bilateral sino a participar de una reunión cumbre de presidentes en Punta del Este. En cambio, los restantes tres: Dwight Eisenhower, el primer George Bush y luego su hijo George W. Bush vinieron en visita oficial al país como tal. Bush hijo, además, fue recibido por el presidente Tabaré Vázquez cuando la izquierda como alianza de grupos socialdemócratas, socialcristianos, marxistas y exguerrilleros accedió al gobierno por primera vez en la historia de dicho país. Ante este contexto, no sorprende la toma de distancia de los expertos republicanos ante un candidato que no disimula su desprecio visceral hacia América Latina.
 
Momento Sanders
 
Cuando Trump lanzó su campaña, en el tradicional partido adversario apareció un precandidato que desde la izquierda también exhibió un perfil populista. Al igual que Trump, sus propuestas eran simplistas aunque su estilo un poco menos estridente. Pisó fuerte y tuvo en vilo a su contendiente, Hillary Clinton, que por momentos vio peligrar la candidatura demócrata. Nacido y criado en Brooklyn, Nueva York, en 1941, Bernard (Bernie) Sanders es hijo y nieto de inmigrantes judíos. Estudió en la Universidad de Chicago en los años sesenta, fue militante por los derechos civiles y se unió a la Juventud Socialista. También se opuso a la guerra de Vietnam. Su primer contacto con el estado de Vermont (que luego adoptó como propio) fue en 1964 al comprar allí una casa de veraneo. Su actual Imagen: Guillermo Tell Aveledo Trump: también a Estados Unidos llegan los populistas, Tomás Linn Diálogo Político 2|2016 155 CC esposa, Jane O’Mera Driscoll fue rectora de la Universidad de Burlington en Vermont. Sanders es un orgulloso judío que incluso hizo una experiencia en un kibutz israelí, pero no es religioso. Su esposa es católica. ¿Puede decirse que es un outsider? Lo es al afiliarse al Partido Demócrata recién el año pasado. Pero no lo es como político de larga carrera. De hecho es el independiente más antiguo en el Congreso, al que entró en 1990. En 2006 accedió al Senado, escaño que todavía mantiene con amplio apoyo del electorado de Vermont. Antes, había sido alcalde de Burlington por tres períodos seguidos. Nunca fue ni republicano ni demócrata. Tejió alianzas entre grupos de izquierda o progresistas en un estado de tradición muy liberal (en el sentido norteamericano de la palabra) y por ese motivo su visibilidad nacional fue escasa, aunque llamó la atención al oponerse a la politica exterior respecto a América Latina de los años ochenta en América Latina, liderada por el entonces presidente Ronald Reagan. Sus ideas se alinean a las de un socialismo democrático de tipo escandinavo y más radicales que las de la socialdemocracia clásica. Ha dicho identificarse con las políticas sociales llevadas a cabo por los presidentes demócratas Franklin Roosevelt y Lyndon Johnson. Esto último podría sorprender porque Johnson quedó atrapado por la guerra de Vietnam. Pero es verdad que sus políticas sociales y de derechos civiles expresaron una visión liberal (otra vez en el sentido norteamericano). Prometió buscar mayor igualdad en la distribución de la riqueza y la asistencia universal de salud. Pero su idea de ir más allá del sistema de salud promovido por Barack Obama le hubiera traído frustraciones. Para lograrlo, el actual presidente debió vencer resistencias y negociar y ceder ante legisladores propios y republicanos. Si tanto le costó, a Sanders le hubiera sido casi imposible. También propuso la gratuidad total de la matrícula en las universidades públicas y ampliar los beneficios de la seguridad social. También prometió ampliar las leyes respecto a licencias por maternidad, salarios vacacionales y de ausencias por enfermedad.
 
Diferencia estadounidense
 
En Estados Unidos, a diferencia de los países europeos, estos beneficios se dan a quienes toman seguros para ello. Las leyes sociales que obligan a las empresas a tener en cuenta tales consideraciones son muy laxas. Como legislador estuvo contra el uso de fuerzas militares en Irak, tanto en 1991 como en 2002, y se opuso a la invasión de 2003. Pero luego de los atentados del 11 de setiembre votó a favor de una ley que permitía el uso de la fuerza contra los terroristas e incluso hoy cree « comunicación y campañas » 156 Diálogo Político 2|2016 necesario derrotar al Estado Islámico. Fue de los pocos que no votó la Patriot Act. Aprobó, sí, modificaciones a esa ley cada vez que pensó que con su aporte atenuaba sus aspectos más duros. Aprobada ante una emergencia nacional, esa ley afecta derechos individuales y por lo tanto tiene plazo de expiración. Cada vez que el plazo vence, se vota otra breve extensión. En la jerga política angolosajana, es el tipo de ley que exige tener sunset clauses, o sea, plazos de duración breves y bien demarcados. Con esa historia, el calificativo de outsider para Sanders es relativo. Lleva 25 años de actividad parlamentaria más su tiempo como alcalde. Conoce los vericuetos de la política. Sí es verdad que su prédica radical para los parámetros norteamericanos le dio imagen de populista. Es ahí donde, desde el otro extremo, tiene puntos de contacto con Trump. Ambos hacen promesas fáciles y encuentran entusiasta eco en sus respectivos electorados. Desde el otro extremo, Sanders tiene puntos de contacto con Trump. Ambos hacen promesas fáciles y encuentran entusiasta eco en sus respectivos electorados. En la recta final, con Hillary Clinton enfrente Terminada la primaria las cosas cambiaron para Trump. La estrategia debe ser otra, la retórica también. Por lo pronto despidió a quien fue su jefe de campaña. Necesita otro tipo de ayuda pues no competirá contra un candidato de su mismo partido, sino contra una mujer con mucha experiencia de gobierno y tenaz luchadora. ¿Podrá Trump diseñar una estrategia diferente para la segunda etapa? Algunos observadores entienden que Trump solo sabe ser Trump y así fue genuinamente en las primarias. El problema es que ahora debe convencer a gente fuera del núcleo militante y entusiasta que lo apoyó. Hasta ahora se movió con poco dinero y un elenco chico. Se estima que cuenta con treinta personas que trabajan a nivel nacional. Hillary, en un solo estado (Ohio) había contratado a cincuenta asistentes. Los observadores entienden que en la nueva etapa Trump necesitará más personal y muy profesional. También se movió con pocos recursos. La campaña se apoyó en su fuerte personalidad y su fácil acceso a los medios. Su imagen encandila y no necesita pagar minutos. Sin embargo, sus allegados temen que tantas facilidades llegaron a su fin y necesitará más dinero. Los observadores creen que Trump fácilmente podría juntar ese dinero, pero no se muestra interesado en hacerlo. Trump: también a Estados Unidos llegan los populistas, Tomás Linn Diálogo Político 2|2016 157 CC El candidato republicano no hace nada de lo que tradicionalmente debería hacerse para ganar una elección. Por lo tanto, la lógica indica que debería perderla. Pero nada de lo hecho por Trump se atiene a lo que recomiendan los textos. Algunos dicen que alcanzó su momento más glorioso y ahora solo se puede esperar, para él y su partido, una estrepitosa derrota.
 
Factor sorpresa
 
Otros no están tan seguros. Trump no ha hecho más que dar sorpresas, y puede seguir haciéndolo. Aun así, como expresa el dicho, «los otros también juegan». Habrá que ver, pues, como jugará sus cartas la candidata demócrata, tras vencer trabajosamente a Sanders. Clinton es una política experimentada. No tiene el carisma de Donald Trump. Pero en su complicada carrera política demostró una formidable tenacidad y mucha resilencia. Clinton es todo lo contrario a Trump. Es una genuina insider. Como primera dama durante la presidencia de su marido, actuó como su socia en el poder. Pese a los conocidos episodios de infelidad del presidente, ambos se entendían y ella tuvo influencia sobre él. Al terminar Bill Clinton su presidencia, ella fue senadora por Nueva York, compitió en las primarias contra Barack Obama y luego fue secretaria de Estado. Recorrió el camino previsto para llegar donde está. Hizo una buena carrera política —algo que Trump no tiene pero este lo usa como una ventaja, no un demérito. Aun así, las cosas no le fueron fáciles a Hillary Clinton. Libró su contienda contra Obama en 2008 hasta el final de las primarias. Pocas veces hubo que votar en todos los estados para definir el ganador, pues por lo general los delegados necesarios se consiguen mucho antes.
 
Incierto comportamiento
 
Ese año sin embargo, las primarias demócratas se hicieron incluso en Montana, el último estado en el calendario electoral y en consecuencia donde rara vez se vota. Pese a ser una abogada experimentada, una política persistente, una mujer con sólida formación, Hillary Clinton no termina de convencer a mucha gente. Tiene un núcleo duro de seguidores, sí, pero no seduce a un círculo más amplio. Trump lo sabe y apuesta a que esa será su fuerza. Pero al final, la contienda no depende ni de Trump ni de Clinton. Depende de los votantes, de cómo se ubiquen ellos ante la realidad, según sus frustraciones y expectativas. Y eso, por el momento, es imposible prever