16 de May del 2018

Tom Wolfe: rigor de periodista, tensión de novela

El escritor estadounidense Tom Wolfe, aclamado como “el padre del Nuevo Periodismo”, murió este lunes en Nueva York, a los 88 años, a causa de complicaciones derivadas de una neumonía por la que había sido hospitalizado en una clínica de Manhattan.
Su figura y su leyenda quedan indisolublemente ligadas a la aparición del género periodístico que definió como “el más vivo” de la época, y que impulsó casi por casualidad, en 1963, cuando, después de un bloqueo de la inspiración, al filo de un cierre de edición, le dijo a su jefe de la revista Esquire que no tenía el artículo que aquel le había encargado, sobre fanáticos de autos que rehacen sus vehículos. “Escriba en una carta lo que vio”, le sugirió el editor, antes de recibir un amasijo de apuntes de 49 páginas, que publicó tal como recibió y que derivó en un éxito imprevisto (luego se convertiría en una novela corta, titulada El coqueto aerodinámico rocanrol color caramelo de ron).
 
Revolución narrativa
 
Obsesionado con valerse de los recursos de la literatura para renovar un periodismo que le resultaba tedioso y carente de gracia -y que hasta la irrupción de la nueva generación de cronistas se asentaba en la regla de la pirámide invertida, el ordenamiento aséptico de los datos, de mayor a menor importancia -, Wolfe se propuso superar viejos parámetros de pensamiento y acción, y dar con nuevas formas de contar la realidad, aunque sin imaginar entonces que junto a sus contemporáneos destronarían la novela de ficción como máximo exponente literario. Hoy, decenas de autores en Latinoamérica y el mundo ensayan y debaten los cruces que habilitan los procedimientos literarios cuando de narrar hechos reales se trata.
El entrenamiento del oficio, en redacciones que olían a testosterona, humo de cigarrillo y whisky, le había demostrado a Wolfe que la única manera de narrar una historia verídica y provocar en el lector el mismo placer estético que provoca la literatura era salir a buscarla, narrarla en detalle, habilitar un punto de vista subjetivo.
 
Periodismo y novela
 
“Este descubrimiento, modesto al principio, humilde, de hecho respetuoso, podríamos decir, consistiría en hacer posible un periodismo que se leyera igual que una novela”, escribiría años después en el prólogo de su libro El nuevo periodismo (1977), un clásico que describe las bases que dieron origen al género del que Truman Capote, autor de A sangre fría (1966) y Gay Talese, que el mismo año publicaba el célebre perfil Frank Sinatra está resfriado, son también considerados fundadores, así como Hunter S. Thompson y Norman Mailer.
Los aires de rebelión que definieron la década del 60 sirvieron de marco histórico a esta renovación sin precedentes, que aplicaba los recursos narrativos al relato de los hechos verídicos.
 
Evitar la simplificación
 
Los movimientos revolucionarios que se multiplicaban en el planeta, la irrupción de nuevas formas de arte y expresión y la apertura mental hacia otros horizontes de conocimiento, fueron partes centrales del contexto en el que los jóvenes cronistas intentaban demostrar “que la realidad nos pasa delante de los ojos como un relato en el que hay diálogos, enfermedades, amores, además de estadísticas y discursos”, como decía Wolfe, bajo la certeza implícita de que no dar cuenta de esa complejidad resultaba una simplificación imperdonable. A su vez, en sus novelas de ficción se valía de técnicas adoptadas del periodismo: “La tarea del escritor consiste en mostrar cómo el contexto social influye en la psicología personal”, sostenía y promovía.
Nació en Richmond (Virginia, Estados Unidos), en 1931, pero residía desde 1962 en Nueva York, donde pasó los años más destacados de su vida. Tras declinar una oferta de la Universidad de Princeton para estudiar Literatura en Washington y un intento infructuoso de dedicarse al béisbol (“Si me hubieran dado un contrato, aunque fuera para la cuarta división, felizmente no hubiera escrito una sola palabra" admitía), desarrolló sus primeras incursiones periodísticas en diarios como The Washington Post, donde trabajó como cronista entre 1959 y 1962 y donde, durante seis meses, informó desde Cuba tras la toma del poder por parte de Fidel Castro. También pasó por Esquire y el New York Herald, donde comenzó a hacerse un nombre en el periodismo literario y la novela de no ficción, con tramas dramáticas dominadas por los personajes.
 
Empujón profesional
 
Su editor, Clay Felker, quien animaba a sus "escribas" a ir "más allá del periodismo objetivo", fue quien estimuló a Wolfe a adoptar una actitud experimental que contribuyó a crear su estilo híbrido en crónicas corrosivas, que combinaban los hechos reales y las técnicas de la novela. Ese "nuevo periodismo" se consolidó en Estados Unidos con relatos que incluían acciones, diálogos y descripciones sobre comportamientos, formas de hablar o de vestir, pero que ante todo habilitaban al cronista a asumir una mirada propia. El método “consiste en ser absolutamente verídico y al mismo tiempo, tener la cualidad absorbente de la ficción", explicaba Wolfe.
A lo largo de su carrera escribió cuatro novelas largas –se atrevió a sus 57 años a dar el salto a la ficción-, numerosos cuentos, poesía, obras dramáticas y artículos. Entre sus obras de no ficción más celebradas se incluyen Lo que hay que tener (1979), una investigación periodística sobre los pioneros de la conquista espacial que le insumió nueve años y dio forma a una de sus obras más mentadas -Hollywood la llevó a la pantalla con Sam Shepard como protagonista-. O La palabra pintada, donde postula que el arte moderno se ha convertido, sin quererlo, en una parodia de sí mismo.
 
Comparaciones
 
En 1968 publicaría Ponche de ácido lisérgico -la crónica de un viaje liderado por Ken Kesey en plena época hippie- que marcó un vuelco en su carrera como autor. “Sospecho que mi no-ficción al fin es más importante, desde el punto de vista literario, que mis novelas”, indicó Wolfe en 2008.
Tras ridiculizar las resistencias de los escritores estadounidenses para confrontar con problemas sociales y proclamar su asombro porque ningún autor de su generación hubiese escrito una novela de gran envergadura sobre la Nueva York contemporánea, terminó haciéndolo él mismo en La hoguera de las vanidades (1987), su primera novela de ficción: un fenomenal best-seller en que expuso la ambición desmedida que definía a la Gran Manzana en los 80's y que fue llevada al cine por Brian De Palma. También retrataría a la sociedad de su país, utilizando dosis de sátira, en ficciones como Todo un hombre y Bloody Miami, en que abordó el tema de la inmigración.
Admirador del realista francés Émile Zola y con amplio conocimiento de las obras de filósofos como Sócrates, Descartes y Nietzsche, combinaba en sus novelas notas de sofisticación con una alegre irreverencia, regada de trucos gráficos: signos de exclamación, bastardillas y palabras improbables.
 
Humor político
 
Levantó polémica cuando, en 2004, apoyó públicamente la campaña de George Bush, con un estilo no menos provocativo que otras veces: "Si lo votás te consideran perverso o retrasado. Nunca vi un candidato tan agraviado. Yo votaría a Bush tan solo para ir al aeropuerto a saludar a toda la gente que dice que si él gana otra vez se va a Londres. Alguien tiene que quedarse".
En los eventos sociales se lo veía enfundado siempre en un extravagante traje blanco y sombrero al tono, con una media sonrisa. Seguramente, así será recordado el último dandy estadounidense.